"Queremos tanto a Julio", de Gonzalo Suárez.

QUEREMOS TANTO A JULIO

Gonzalo Suárez

 

Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara, México

12 de marzo de 2019

 

Algún tiempo antes de su muerte, escribí un cuento para Julio Cortázar que él nunca llegó a leer. El cuento está inspirado en el prólogo de Persiles y Sigismunda en el que, dos días antes de morir, Miguel de Cervantes se despide de la vida en un imaginario viaje a Toledo que podría equipararse al momento en que Próspero renuncia a su magia en el epílogo de La tempestad.

El cuento que le dediqué a Cortázar trata de un viejo escritor que nos cuenta la historia de una chica de Sichuan que, tras el terremoto de Chengdu, encuentra un manuscrito en las aguas del río. En el manuscrito se narra la historia de una jovencita como ella que, atravesando un bosque mágico en su bicicleta, alcanza a Miguel de Cervantes en su último viaje para que le cuente una última historia antes de morir. Ya con un pie en el estribo, diría él. Pero el agua ha desvaído las palabras del manuscrito y el viejo escritor, bajo los efectos del vodka, tiene que volverlo a escribir. Entonces sucede algo prodigioso. Conforme escribe, las cosas sucedidas vuelven a suceder.

Algo así me sucede en estos momentos. Cuando, sin vodka ni bicicleta, me dispongo a emprender un viaje mágico a través del tiempo. Entre recuerdos y digresiones os contaré algún que otro cuento, aunque no venga a cuento, hablaré de cuestas arriba y cuestas debajo de falsas ventanas pintadas en las fachadas y de algunas otras cosas que recuerdo, aunque no sepa a ciencia cierta si fueron como las recuerdo y cuento. Esa será mi manera de hablaros de Cortázar tal como era. Con él empezaré nuestra historia.

Cortázar y yo nos habíamos conocido en la Barcelona de los años sesenta.  En mi casa. Un sobreático en el que la terraza era más grande que el piso y donde mis hijos jugaban en una piscina de plástico hinchable con nuestro perro Gol. Los niños salpicaban al perro, el perro ladraba a los niños y, aquella mañana, Julio Cortázar había venido a verme porque Max Aub le había hablado de mis primeros libros.

Eran tiempos en los que el naturalismo predominaba en la literatura española y, en palabras de Cortázar, “la imaginación y el humor eran un coto anglosajón”.  Pues bien, el humor y la imaginación fueron el nexo de nuestra recíproca afinidad. Y la lógica como exponente de verosimilitud, lejos de la simulación que hace que nos gusten las flores de porcelana porque parecen de verdad y las de verdad porque parecen de porcelana.

En realidad, en nuestros días, donde la vulgaridad se ha erigido en valor universal, las flores de plástico son las que suelen suplantar en los jarrones a las de porcelana y a las de verdad. Son tiempos en los que gustan las falsas ventanas pintadas en una fachada desde las que nada se ve ni nadie nos puede ver, porque detrás no hay nadie. “La simulación y el engaño son más apreciados que una verdadera ficción”, decía Julio Cortázar. Somos unos redomados hipócritas, digo yo, sabemos de oídas que la tierra es redonda, pero seguimos viviendo en ella como si fuera plana. Voy a contarles un cuento al respecto. Un cuento de cuando yo era investigador privado y comprobé, de una vez por todas, que la tierra era esférica. Este es el cuento:

El hombre no tenía nariz ni ojos, ni boca.

Y el rostro estaba cubierto de pelo.

Me llamaron a mí para que investigara. La encuesta no fue sencilla como posteriormente pudierais imaginar.

Me proporcionaron el pasaje de avión, y volé hasta las antípodas. Y de allí volví al punto de partida.

Por la otra cara del mundo.

Era preciso actuar con cautela, puesto que en ello radicaba el éxito de la empresa.

Sólo así pude averiguar lo que averigüé, y redacté un informe de setenta y siete páginas.

Del cual se deducía que aquel hombre estaba de espaldas.

Pero volvamos, ahora, a la terraza de la calle Amigó, donde mis hijos jugaban con nuestro perro Gol. Aquella terraza estaba llena de energía y desde allí se veía toda Barcelona hasta el mar. Parecía un platillo volante que se hubiera posado sobre la ciudad. Recuerdo a Cortázar sobrevolando con la mirada los tejados. El sol realzaba la palidez de su rostro y su silueta se agrandaba hasta interrumpir el azul del cielo conforme su sombra se deslizaba por las baldosas del suelo como una mancha de tinta derramada de la que brotaban palabras como libélulas que revolotearan a su alrededor esperando ser cazadas por la voz o atrapadas en un papel. Perdón por el alarde retórico. Pero las palabras acechaban impacientes en su entorno como si esperaran turno para cobrar carta de existencia. A diferencia de García Márquez, a quien también conocí, Julio Cortázar hablaba poco y sopesaba lo que iba a decir antes de hablar. Al menos, así lo recuerdo en nuestros sucesivos encuentros en Barcelona, París o Madrid, donde algunos años después, Hélène y yo habíamos ido a vivir con nuestros cuatro hijos y nuestro perro Gol.

Las ventanas no eran falsas ventanas pintadas en una fachada. Daban al tejado de un convento y el repicar de las campanas desencadenó el revuelo y graznido de las urracas. La más despistada fue a chocar con el cristal de la ventana y nos provocó un sobresalto. Obedeciendo al reflejo condicionado, Cortázar y yo nos pusimos a hablar de Alfred Hitchcock. De su sadismo y su paranoia. Esa imagen de los cuervos esperando a que los niños salieran de la escuela, el furioso ataque de los pájaros a Tippi Hedren y el acoso al que Hitchcock la sometió fueron temas de nuestra conversación hasta que, de pronto, cesaron las campanas. Se hizo el silencio.  “El silencio dilata el tiempo”, comentó Cortázar. “El miedo también” dije, y confesé que ninguna película me había dado tanto miedo como Psicosis. Al volver del cine con mi mujer, se nos apagó la luz en la escalera y los peldaños se multiplicaron, cada tramo duraba una eternidad. “Pero, ahora, las películas de miedo no son psicológicas sino sangrientas, algún día conseguirán que la sangre nos salpique en la butaca”, auguró.

Pensé en los tiempos en los que yo era periodista deportivo y me sentaba en la primera fila de ring. Entonces le hablé de boxeo. A los dos nos gustaban los estilistas como Nicolino Locche. A veces, el arte es un pájaro raro que aparece donde menos se le espera. Yo había escrito un cuento sobre esa cuestión. En la película Epílogo lo puse en boca de Paco Rabal. Para los que no hayan visto la película lo leeré aquí:

El arte es un combate, perdido de antemano, con las sombras.

Eso es cosa sabida.

Porque el boxeador combatía con su sombra, era un artista.

Hacía muchos años que había iniciado aquel combate y, aunque su contrincante se arrastraba viscoso por el suelo, se adaptaba sinuoso a las esquinas y recodos, se agigantaba displicente hasta los techos, se deslizaba furtivo por las paredes, el boxeador no había todavía doblado el espinazo.

Y sucedió que un día desapareció la sombra, lo cual era en verdad insólito, y justificaba, desde luego, que me llamaran a mí para que desentrañara el enigma.

Nada más llegar consideré resuelto el caso al observar, no sin recelo, que la sala de entrenamiento estaba sumida en la oscuridad.

Nunca hubiera podido sospechar que la explicación fuera tan sencilla. Y encendí la luz.

Nunca hubiera podido sospechar que la explicación fuera tan sencilla. Y encendí la luz.

Entonces pude comprobar que la sombra del boxeador no estaba allí, ni camuflada tras el punching, ni agazapada bajo el saco, ni siquiera ahorcada en la comba.

Y, sin embargo, era evidente que nadie había salido ni había entrado. Así lo especifiqué en el informe.

Al encontrar al boxeador tumbado panza arriba en el centro de la sala deduje que el combate había terminado.

Y, puesto que había caído sobre su sombra, le alcé el brazo en señal de victoria.

Considero que el cuento es un metafórico complemento para esta muy personal semblanza de Julio Cortázar. Ahora os contaré una anécdota personal y sus consecuencias.

En una ocasión, fui a recogerle en mi coche al Hotel Palace de Madrid. A él y a Ugné Karvelis, su pareja en aquel tiempo. Había alquilado una sala de proyección para que vieran la película que acababa de rodar: Parranda.

Hacía poco que yo había aprendido a conducir y el coche se me caló en una calle cuesta arriba. Cortázar me contó entonces que él había conducido por todas las autopistas del mundo sin que el coche se le calara ni una sola vez ni tuviera ningún incidente. No se jactaba de ello, sino que pretendía darme una lección paternal. “Cuando conduzcas”, me dijo, “pon el piloto automático sin que tus pensamientos interfieran y los mandos te obedecerán. Pero no pierdas de vista la carretera. Tras cualquier cambio de rasante, puede haber un carro atravesado, una vaca, un árbol caído o un desprendimiento de tierra. Que tu imaginación preceda siempre el recorrido”.

Objeté entonces que, a veces, la imaginación no bastaba para evitar lo imprevisible, y le recordé el caso de Raoul Walsh, al que una liebre le entró en plena noche atravesando el cristal del limpiaparabrisas del automóvil en el que viajaba, y lo dejó tuerto.

“No era una liebre”, replicó Cortázar, “Era el Conejo Blanco de Alicia, ése que siempre va deprisa. Aunque Raoul Walsh no hubiera leído a Lewis Carroll, tenía que haberlo previsto”, y concluyó, “La ficción siempre viaja en sentido inverso a la realidad y, a veces, la alcanza.” Reflexión que me trae a la memoria una de esas inocentes preguntas que hacen los niños y que, al pronto, parecen tener fácil respuesta:

“¿Qué es una cuesta arriba?”, me preguntó mi hijo Gonzo a los cuatro años, durante un paseo por el campo. Traté de responderle contrastando una cuesta arriba con una cuesta abajo. “¡Ya comprendo!”, me dijo, “Estamos subiendo una cuesta abajo”.

“¿Cuál es el sentido inverso a la realidad?”, me pregunto yo ahora. Puede que la realidad sea una cuesta arriba que bajamos y la ficción una cuesta abajo que subimos. O viceversa. En cualquier caso, se trata de un galimatías del que no voy a poder salir airoso. Lo que puedo aducir es que, con la edad, las cuestas abajo se vuelven cuestas arriba sin por ello evitar la definitiva caída cuesta abajo.

Cuando estaba escribiendo estas líneas, me topé de manos a boca en el periódico de la mañana con un artículo de la ilustre filósofa Amelia Valcárcel cuyas palabras reproduzco parcialmente aquí por considerarlo una curiosa coincidencia, no sólo por la reflexión que conlleva sino también por la alusión a las ventanas pintadas.

“Hay conceptos o ideas que, simplemente, no tienen contrario. Además de que muchos supuestos contrarios no lo son en absoluto” prosigue. “De igual manera que algunos, cuando decoran un muro, ponen una ventana falsa para que resulte más agradable a la vista la pared, tendemos a hacer falsas simetrías cuando no sabemos bien cómo pensar algo. En realidad, la mayor parte de los problemas que consideramos ontológicos sólo son asuntos de lenguaje”, y advierte, “…el lenguaje siempre está haciendo de las suyas.”

El lenguaje hace de las suyas y las marchas de mi coche también. Al tercer calado, mi torpeza acabó desencadenando un concierto de exabruptos y bocinazos. Para colmo, como aquella era una calle de bien ganada mala reputación, alguna que otra prostituta se asomaba a la ventanilla para ofrecernos burlona sus servicios. Ese incidente y los consejos de Julio tuvieron la virtud de que nunca se me volviera a calar el coche ni jamás volviera a pasar conduciendo por esa maldita calle de cuyo nombre preferiría no acordarme. Pero, por si alguno de ustedes siente curiosidad, les diré que la calle en cuestión se llama Caños del Peral. Sigue siendo cuesta abajo y cuesta arriba, pero ya no tiene mala reputación. Ni salas de proyección.

Pero volvamos a Julio.

Un día en París, habíamos ido a ver una obra de Dürrenmatt representada en una de esas barcazas ancladas en el Sena. Estábamos mi mujer, Ugné Karvelis, Milan Kundera, Julio Cortázar y yo. Cortázar se salió a media obra y pensé que Dürrenmat le aburría tanto como a mí o que quizá tuviera otra cita más interesante en otro sitio.

Nos reencontramos durante la cena en casa de Laurent de Brunhoff, el dibujante del elefante Babar.  Un hombre encantador que, según he leído ayer, acaba de cumplir 98 años y ha decidido no volver a dibujar al elefantito. La muerte de un elefante siempre me ha impresionado, aunque se trate de un elefante dibujado.

Aquella noche, Julio estaba extraño, ajeno a cuanto le rodeaba. Volvimos dando un paseo y, al pasar por la plaza del Centro Pompidou, me mostró las ventanas pintadas en una fachada: “Mira, eso es lo que hacemos nosotros, pintar falsas ventanas tras las que no vive nadie”. En realidad, fue un pretexto para que Ugné y Hélène nos adelantaran. Entonces me dijo algo que me inquietó mucho.  No había salido del teatro porque no le gustara Dürrenmatt, sino para ver al médico. No quiso decir nada más y respeté su silencio. Comprendí que estaba preocupado. Yo también.

Curiosamente, la última vez que nos vimos fue en la Plaza de la Encarnación, cerca de casa y ante otras ventanas pintadas en otra fachada. Aquellos trompe l´oeil, que suscitaban falsas simetrías, al decir de Amelia Valcárcel, presidieron nuestra despedida. En mi película Epílogo les hice un homenaje.  A Julio y las ventanas.

Senté a los actores Pepe Sacristán, Charo López y Paco Rabal ante las mismas ventanas pintadas de la plaza y les hice preguntarse quién podría vivir al otro lado. Puede que alguno de ustedes haya visto la película que, entre otras, se ha proyectado en esta Universidad. Lamento que Julio no haya podido verla. Estoy seguro de que este duelo entre escritores que se enfrentan a través de sus relatos le habría gustado. A Cortázar le apasionaba el cine, es cosa sabida.

Guardo en un cajón de mi despacho una prueba delatora: el cuento que me envió mecanografiado, recién terminado: “Aquí te va el cuento, Gonzalo”, escribe a mano en la primera cuartilla.  “Para ti y para Hélène”, añade. Se titula “Queremos tanto a Glenda”. Lo leí y le dije que me había gustado mucho. Pero había determinados aspectos que no me gustaban tanto.  El boxeador peleaba con su sombra y estaba a punto de caer.

No tardó en responder desde Parma. En el reverso de una postal del pequeño circo de la Piazza Armerina, en la que un auriga fustiga dos palomas uncidas a un carro de oro. Con su letra desgarbada que, sin embargo, no se inclina a ningún lado como si correspondiera a la rectitud de su figura, me comunicaba su alegría porque el cuento me hubiera gustado. Pero tuve la sospecha de que esperaba que le dijera algo más. O supiera que le ocultaba algo. En cualquier caso, intuía que no le decía todo lo que pensaba. Y era verdad.  

Más allá de su brillantez literaria, del fáustico deseo de detener el tiempo y preservar la armonía o recuperar, al menos, la ilusión perdida por una mítica actriz, la ascensión y caída de Glenda despedía un sospechoso hálito a final de partida.

Glenda era él.

Reproduzco aquí un fragmento de su cuento:

Ahora podíamos ver cada obra de Glenda, nos dice, sin la amenaza de un mañana plagado de errores y torpezas, un presente absoluto que acaso se parecía a la eternidad y, según dijo un poeta, la eternidad está enamorada de las obras del tiempo. Por supuesto, el poeta también era él.

“¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, ¡y deseando veros presto contentos en la otra vida!”, nos dice adiós Miguel de Cervantes en el prólogo de su Persiles y Sigismunda.

“El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”.

Tuve la impresión de que esas palabras, venidas de tan lejos, encontraban eco en: “Queremos tanto a Glenda” como la caracola se apropia del rumor del mar o las rocas del fragor de las olas.

Julio Cortázar estaba a punto de acceder a ese reverso de la realidad donde ninguna ficción alcanza, donde las falsas ventanas dejan de sugerirnos falsas simetrías y donde el relato ya no puede corregirse ni volverse a escribir. Como él nos dice al final del cuento: No se baja vivo de una cruz.

En aquel entonces era difícil saberlo, nos advierte, uno va al cine o al teatro y vive su noche sin pensar en los que ya han cumplido la misma ceremonia… la tierra de nadie y de todos allí donde todos no son nadie.

Ante falsas ventanas donde solo vemos sombras, es hora de acabar. Voy a despedirme de ustedes con una breve anécdota y su moraleja. Es una de esas cosas que ocurren porque se me ocurren y se pueden leer cuesta arriba o cuesta abajo.

Me sucedió el otro día hace ya muchos años. O, probablemente, nunca sucedió. El caso es este: Recogí a un vagabundo en la carretera y me arrepentí enseguida. Olía mal. Sus harapos ensuciaron la tapicería de mi coche. Pero Dios premió mi acto de caridad y convirtió al vagabundo en una bella princesa. Ella y yo pasamos la noche en un motel. Al amanecer, me desperté en brazos del maloliente vagabundo. Y comprendí que Dios nos premia con los sueños y nos castiga con la realidad.

 

Gracias.

G.S.